abril 3, 2026
bulmaro

Bulmaro Pacheco
Desde el gobierno, todas las mañanas atacan a los partidos políticos
de oposición diciéndoles que “no existen”, que están “moralmente
derrotados” y que “jamás regresarán por sus privilegios”.
Pero en las recurrentes manifestaciones de inconformidad registradas
por la población contra las políticas del gobierno de la autollamada 4T,
les echan la culpa a los partidos de oposición y se atreven a presentar
como pruebas algunos contratos —con toda legalidad— de servicios
firmados por ciudadanos con el PAN. ¿Quién les entiende? ¿Otra vez
el síndrome de Felipe Calderón?
Por una parte, les dicen que no existen y, por la otra, los culpan de las
expresiones de inconformidad cada día más frecuentes contra las
decisiones de un modelo de gobierno que ha privilegiado el gasto
público en buscar electores potenciales y ha descuidado el gasto en
las políticas fundamentales que les han dado igualdad a los
mexicanos, como la educación, la salud y la infraestructura.
El partido que solo representa al 43% de los votantes, no tiene dinero,
está muy endeudado y la economía no crece.
En siete años de gobierno no han establecido un sistema de diálogo
con quienes piensan diferente. Ni en los seis años que gobernó López
Obrador ni en el que acaba de cumplir Claudia Sheinbaum se ha visto
alguna fotografía de los presidentes de la República con los
opositores, ni siquiera para consensuar políticas o para llegar a
acuerdos como se hizo en el pasado.
Al contrario, las relaciones entre las oposiciones y el gobierno cada
vez son más tensas, y eso lo ha registrado la población, que ha
tomado por su cuenta y riesgo las manifestaciones opositoras.
Los cauces de participación política se han desbordado haciendo a un
lado a las instituciones, y otra vez —como en el pasado— han sido
las calles, las manifestaciones y la toma de instalaciones públicas las
que han destacado en la toma de posición de amplios sectores de la
población sobre las crisis y los problemas concretos de la realidad
mexicana (huachicol, jóvenes, alcaldes, maiceros, maestros,
limoneros, transportistas, etc.) que desde el gobierno les ha dado por
ideologizar, ignorar o descalificar, echándole la culpa al pasado o a la

idea cursi de la “extrema derecha”, como se hacía en México antes de
la reforma política, por allá a mediados de los sesenta del siglo
pasado, cuando en lugar de analizar con espíritu crítico los problemas
políticos y sociales, aceptando la responsabilidad oficial, les daba por
culpar a la conspiración rusa o a la Revolución Cubana.
Por eso, entre otras cosas, estalló la crisis de 1968, que al final no
supieron resolver por la vía del diálogo, sino que se impuso la fuerza.
Eso es lo que vivimos en la pasada manifestación de los jóvenes del
15 de noviembre (la historia se repitió como comedia) en el Zócalo de
la Ciudad de México, al reaparecer el llamado cuerpo de granaderos
que desde el gobierno nos decían que ya había desaparecido, al igual
que los tiempos de “la represión” (sic).
El gobierno no ha entendido que el hecho de que estén asesinando a
cada rato a autoridades municipales se traduce en un desencanto
generalizado entre la población, sobre los problemas de inseguridad
que vive México. (¿Si eso le hacen a un presidente municipal, qué
puedo esperar yo como simple ciudadano?)
Asesinar a mansalva a un presidente municipal como el de
Chilpancingo, Guerrero, al que incluso le cortaron la cabeza para
exhibirla, fue una muestra de esa peligrosa asociación entre la política
y el crimen organizado, muy poco estudiada y analizada, y ese
asesinato no ha pasado de ser una carpeta más de investigación.
Pero la gota que derramó el vaso para el gobierno fue el asesinato de
Carlos Manzo, el presidente municipal de Uruapan, Michoacán.
Los asesinos mataron a alguien que representaba un nuevo modelo
de gobierno: abierto, valiente, desafiante y echado para adelante.
Un nuevo modelo independiente, alejado de Morena, que siempre
demandó diálogo con la Presidenta, que no tuvo miedo en enfrentar y
perseguir personalmente al crimen organizado y que al final pagó con
su vida su enorme valentía y temeridad.
Al mismo tiempo, Manzo representaba ideales, expectativas y
aspiraciones de una mayoría de la población harta del clima de
inseguridad que se vive en México.
Representaba un nuevo etilo de gobierno que emocionó a muchos
cuando lo escuchaban en sus entrevistas en medios nacionales. Por
eso el enorme impacto y la movilización social que desató su
asesinato entre capas importantes de la población que se

identificaron con él y sus propuestas. Eso es lo que debe entender el
gobierno y no acudir a las tesis conspiranoicas de siempre.
Por eso duele también —en esta muy visible descoordinación del
gobierno— que no haya nadie capaz de contener los exabruptos
verbales de un senador de la calaña de Fernández Noroña, que en
lugar de aportar elementos para la calma y la estabilidad, ofende a la
nueva Presidenta de Uruapan Grecia Quiroz, la viuda de Manzo y le
echa más gasolina al fuego de la irritación social, que seguro les
pasará factura en las próximas elecciones.
El país está caliente políticamente, y si a eso le agregamos los datos
proporcionados por el Banco de México, de que no habrá crecimiento
económico en 2025 y que las expectativas para 2026 no son nada
optimistas, con un endeudamiento de casi 10 billones de dólares más
en siete años:¿qué ofrecerle entonces a una población que cada día
manifiesta más su inconformidad con un modelo de gobierno cerrado
y ajeno totalmente a la autocrítica?
Al gobierno de nada le sirve el apoyo de sus aliados: los sindicatos
nacionales y estatales que solo cuidan sus privilegios de muchos
años y le dicen que sí a todo. Tampoco el de una parte de la cúpula
empresarial que a cada rato va a rendirles pleitesía declarando que
las cosas en México están muy bien (para ellos, of course), cuando la
realidad a cada rato los desmiente.
Ya lo dijo el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas ayer: “Hay que
escuchar a los que piensan diferente”, (57% de los votantes) “hay que
dialogar” y hay que hacer una verdadera reforma fiscal para invertir
más en salud y educación, donde las crisis se manifiestan con un
mayor rigor. Cárdenas, un crítico que conoce las entrañas del sistema
político como pocos, sabe lo que dice y está enviando un mensaje.
Ojalá le hagan caso y no lo incluyan—muy al estilo actual— en la lista
de conspiradores. ¿Qué van a celebrar entonces el próximo 6 de
diciembre? No se ve por dónde.
bulmarop@gmail.com

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